IRINA

Estaba agradable la noche y me decidí a dar una vuelta por el vecindario. Cuando pasé por delante del bar de puertas batientes me llegó un ramalazo de música en vivo. En cuanto entré la vi de inmediato. Estaba apoyada en un extremo de la barra y me sonreía. Debía de andar en los cuarenta y pocos, era rubia, de ojos claros, de hombros bien torneados y senos sugerentes. De la cintura hacia abajo era una incógnita, me la tapaba el mostrador del bar.

Hice lo que siempre hago en estos casos: usando un término futbolero, me desmarqué, busqué una zona menos congestionada de “rivales” en el terreno de juego. Pedí un gin tonic y me alejé de la barra, acercándome a unos que jugaban entre risas a los dardos. Ella seguía mirándome insistentemente… o sea, que era yo el que estaba en su punto de mira. Era yo el elegido… y, claro, te surge la duda: ¿por qué yo entre tantas opciones? Yo soy un jodido carcamal, y aquí hay por lo menos veinte tipos más jóvenes y fornidos que un servidor, que la última vez que hice ejercicio fue cuando, estando la mili, un sargento chusquero, por armar jaleo en la formación, me castigó a dar varias vueltas al patio con el fusil cetme sostenido sobre la cabeza. LMQLP… todavía tengo agujetas en los brazos.

Sumido en esas dudas, en ese desconcierto, me decidí a sentarme en una de las pocas mesitas que estaban libres delante del escenario. Un trío atacaba en ese momento “Mistic” que es un tema que me encanta. Después de dejar claro de qué tema se trataba, los excelentes músicos empezaron a variar la melodía, las armonías y el propio ritmo, jugando entre ellos, divirtiéndose, sorprendiéndose, sin perder el patrón ya ensayado… El pianista parecía gringo, tal vez judío por su pelo rizado y su prominente nariz, pero el que tocaba en contrabajo y el batero, seguro que eran caribeños, los delataba su tez morena, sus amplias sonrisas y el ritmo que imprimían a la pieza.

A estas alturas ya me había olvidado de la rubia porque llegué a la conclusión de que debía de ser una pelandusca que andaba buscando una víctima propiciatoria que le resolviera la noche y si posó sus ojos en mí, fue porque creyó que un servidor era el más vulnerable de los presentes por la edad y por no estar acompañado.

De pronto la vi plantada ante mí. Debo de confesar que la parte de su cuerpo que antes me ocultaba la barra era espectacular. Debajo de sus generosos senos había una cinturita de avispa, unas caderas proporcionadas, unas piernas fuertes y unos pies muy cuidados, enfundados en unas zapatos muy abiertos, muy veraniegos- como debe de ser estando a metros de la playa-.

Me miró a los ojos y me dijo:

-“Si quieres te dejo tranquilo, pero antes tengo que decirte algo: ME ENCANTA TU MÚSICA”

Yo sentí que me ruborizaba. Algunas personas voltearon la cabeza, porque el contrabajista estaba haciendo un sólo y ella se había expresado en alta voz.

Se llevó la mano derecha a la boca tratando de silenciarla, como para pedir perdón y, sin solicitarme permiso, se sentó en mi mesa.

-“Pensé que eras americana”- balbuceé, impresionado por la perfección de su cara y lo sugerente de su mirada.

-“No, niño, soy mitad rusa y mitad cubana. Mi padre, un muletón habanero, fue a estudiar a Moscú, conoció a una ucraniana blanca como la nieve en la universidad… y aquí estoy yo: una rubia natural, de aspecto caucásico, pero con un corazón caribeño”.

-“Pues… me dejas sin palabras, guapa”- acerté a decir yo.

Cruzamos un par de frases de cortesía y entonces me dijo:

-“Oye… ¿conoces el “Me lo dijo Adela”?… es un lugarcito muy simpático que está como a dos cuadras de aquí, podemos ir caminando. También hay música y se come de fábula… Es que quedé con un par de amigas… pero no me gustaría perder la oportunidad de estar un ratico contigo… No te voy a agobiar hablando de tu música, sólo quiero conocer un poco al hombre que se esconde detrás de esas canciones tan románticas… A propósito, me llamo Irina… ¿tu nombre privado coincide con el artístico?”

Le dije que sí y nos encaminamos hacia el lugar propuesto por ella.

Por el camino sostuvimos una conversación trivial sobre el tiempo y la brisa que la despeinaba. Ella no dejaba de mirarme. Al llegar al restaurancito el ambiente era muy otro: un pianista solitario estaba interpretando un danzón de Lecuona. La hermosa melodía apenas se abría paso sobre el ruido de platos y cubiertos, las voces de los camareros y las conversaciones de los comensales… pero el lugar estaba mucho más vivo que el anterior: tenía alma… y, además, el olor a comida caribeña me abrió de inmediato el apetito, así que la tomé suavemente de la cintura y la dirigí hacia la primera mesa libre que vi.

Ella mientras tanto ya había divisado a sus amigas al otro extremo del comedor y se acercó a ellas con mucho aspaviento. Me sentí incomodo cuando vi que les comentaba algo señalándome.

Cuando regreso a mi lado me dijo:

-“Les dije quien eras y querían venir a saludarte, pero no quiero que ese par de satas te acaparen. Dentro de un rato, después de cenar las saludas… ¿qué tú piensas, mi amolll?… yo soy bien celosa”.

Para hacerles el cuento corto:

Después de cenar muy bien y de regar nuestra divertida conversación con una botella de vino Cune, se acercaron sus amigas y las saludé de mano y de ósCULO en ambos cachetes. Unas vez saludadas, Irina las hizo volver de inmediato a su mesa.

Ya para entonces la gente había empezado a bailar en una diminuta pista, a los pies de la tarima donde estaba el pianista. Todos cantaban a coro los temas que proponía el viejo músico.

“Pasarán más de mil años, muchos máaaassss”

“Luna que te quiebras sobre las tinieblas de mi soledaaaad”

“Vi gente correr… y no estabas túuuuu”

“sufro la inmensa pena de tu extravíoooooo”

Mientras bailábamos, el lenguaje del cuerpo de Irina era muy explícito. Sentía sus muslos cálidos perdidos en mi entrepierna. Sus caderas me llevaban de la mano por un camino sinuoso cargado de pasión. Sus labios me susurraban al oído, con bastante afinación, las canciones que todos cantaban a puro grito.

En un momento dado me dijo, casi jadeando:

-“Oyéme… no sé tú, pero yo no aguanto más… Mi apartamento está al doblar la esquina… Normalmente yo no soy así, pero hoy se está cumpliendo un viejo sueño mío: conocerte en persona… ¡No te puedes imaginar la de fantasías que he vivido contigo, con tus canciones!… ¿qué tú piensas, amolll?

-“¿Que voy a pensar, mujer?… ya estoy pidiendo la cuenta”- le respondí.

-“Eso sí- me dijo ella- lo único que te pido es que después de amarme me cantes al oído un canción tuya que me arrebata… ¿vale?… Me he portado bien, ¿no?… No te he preguntada nada de tu carrera, ni te he hecho cantar… creo que me merezco ese premio… ¿verdad?”

-“Por supuesto, te lo mereces”

Ya en su apartamento, después de un larguísimo prolegómeno, donde Irina me sometió a mil y una perrerías dilatorias, hicimos el amor. Nada más terminar, con la voz agitada por la pasión, me susurró al oído:

-“Bueno… ahora cántame “El amor de mi vida has sido tú”… ¡¡¡CAMILO!!!”

-“¿Cómo me has llamado, hija de tu RUSA madre?”- le grité brutalmente decepcionado-.

Entonces no sé que me pasó. Como que enloquecí de repente. Mis manos se aferraron a su níveo cuello y empecé a apretar como todas mis fuerzas, mientras le decía con la voz cargada de un odio que me sorprendió:

-“¡¡¡Yo no soy ese…te has equivocado de cantante, maldita… y ahora vas a morir escuchándome cantar EN BANCARROTA!!!

Ella logró soltarse y salió desnuda al pasillo dando gritos despavorida….

——————

Ahora estoy esposado en el asiento trasero de un coche de la policía, mientras Irina, con una manta por los hombros y descalza, alumbrada por las luces secuenciadas de todas las unidades policiales y la ambulancia que acudieron al lugar de los hechos, acaba de tramitar la denuncia contra mi persona por intento de asesinato.

Desde luego, hay días que uno no está para nada.

Chacho, chacho, chacho…Mejor me hubiera quedado en casa escribiendo alguna parida que colgar en Facebook.

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