DE INDIOS MICCOSUKEES Y CAIMANES

En otro día, una atractiva amiga se empeño en que la acompañara a ver un espectáculo “muy interesante” en la reserva de los indios Miccosukkess, en unos pantanales cerca de Miami. Yo le dije que si era el de los caimanes ya lo había visto, pero ella insistió en que “ese” al que me invitaba estaba segura de que no lo había visto “jamas”… Como no tenía nada mejor que hacer, me decidí a acompañarla, algo intrigado por su enigmática propuesta y, ¿por qué no admitirlo?, con la interesada intención de hacer méritos suficientes que me allanaran el camino para un encame posterior.

Cuando llegamos a los Everglades, el lugar donde se encuentra la reserva, vimos que había un enorme gentío comprando entradas para acceder a una especie de charcas empalizadas, donde se encuentran los temidos saurios.

Me llamó mucho la atención que casi todo el público estuviera formado por mujeres y por un gran número de alegres homosexuales, muchos de ellos “latinos”. Pensé que a lo mejor había en la Ciudad una convención del Orgullo Gay americano, o algo por el estilo. Entre este alegre grupo había un chico canario, de La Isleta por más señas, quien, después de saludarme efusivamente, me prometió que el próximo sábado iría, con todos su amigos hispanos, a ver mi show en la Cueva del Pirata.

El espectáculo comenzó con una demostración de cuanto podrían llegar a saltar los caimanes fuera del agua para atrapar a una presa. Desde una especie de balconada a la orilla de una de las charcas, un indio sostenía un pollo, bien muerto y desplumado, en su mano derecha e incitaba a los caimanes a que vinieran a por él. Los enormes bichos competían entre ellos por hacerse con el señuelo, sacando casi todo el cuerpo del agua… Yo me erizaba cada vez que los bichos cerraban sus fauces sobre los pollos, a milímetros de la mano del arriesgado miccosukee.

Después de un rato de darle de comer a los fieros reptiles de esa forma tan peligrosa. Nos hicieron avanzar hacia otro lugar donde unos nativos, ayudándose simplemente con unos palos, estaban apartando a un enorme y arisco animal de más de seis metros de largo y varias toneladas de peso.

Un indio con el pelo recogido en una trenza, se acercó a la fiera, le hizo abrir la enorme bocota y, después de varios intentos, introdujo su cabeza entre sus fauces… Aunque yo hacía años que había visto el “número”, me volvió a sobrecoger. Sobre todo porque, antes de meter la cabeza, el indio estuvo introduciendo y sacando sus manos, milésimas de segundo antes de que aquella gigantesca bestia cerrara, con un ruido sobrecogedor, sus mandíbulas, erizadas de enormes y afilados dientes.

En un momento dado, anunciaron por megafonía que los niños debían de abandonar las gradas y dirigirse, tutelados por un grupo de preciosas jovencitas ataviadas con su traje tribal, a ver las crías de caimanes y los pollitos de garzas que estaban en un almacén cercano.

Una vez los menores abandonaron el recinto, se escuchó un redoble de tambores y una estridente fanfarría de metales… la excitación entre buena parte del público se hizo evidente… Un locutor de voz estentórea anunció a alguien que se llamaba Jhonny THE BIG DICK. Yo me reí porque Dick, aparte de un nombre sajón muy común (¿se acuerdan de Dick Bogarde, el actor inglés de Muerte en Venecia y Portero de Noche?) también es uno de los hombrecitos vulgares que recibe el miembro viril masculino en inglés…

Entonces, con arrogante pasó de felino, apareció en escena un indígena de más de un metro noventa de estatura. Vestía sólo un sucinto taparrabos, iba descalzo y el pelo negrísimo suelto le llegaba casi a la cintura. Se acercó a la bestia, le abrió las fauces… se quitó de un tirón el taparrabos de piel, mostrando, desafiante, un “dick” que le llegaba casi a la rodilla y unos “congojos” como melones de Villaconejos… y, con mucha parsimonia, tomando entre ambas manos todo su pesado “equipo”, lo introdujo entre los dientes de aquel monstruoso animal…

Estoy seguro que todos los hombres presentes sentimos en ese momento la misma sensación… como que algo se nos encogía en la entrepierna. Yo retiré la mirada, no por pudor, sino porque no quería presenciar la tragedia… ¡Si aquel bicho le daba por cerrar de golpe sus mandíbulas sobre el aparato genital del gigantón, el tipo se iba a quedar como los eunucos que cuidaban los harenes de los jeques árabes… hablando con la voz de pito de un niño, a pesar de su envergadura… cantando para toda la vida con voz de vicetiple lírica!… ¡Más capado que los gorrinos que tiene Luis de la Croix en sus dehesas extremeñas!

Desde los altoparlantes, mientras aún “Big Dick” mantenía sus descomunales vergüenzas dentro de las fauces del saurio, se oyó una voz que retaba a cualquiera de los hombres presentes a realizar la misma proeza a cambio de $500 dólares… Por supuesto, nadie dijo ésta boca es mía.

El tipo del altavoz insistió:

-“¿No hay nadie que quiera hacer lo mismo… nadie se atreve?”

Y, entonces, se oyó una voz no demasiado viril que, con acento inequívocamente canario, grito:

-¡Yo lo haría, mi niño… PERO NO CREO QUE PUEDA ABRIR TANTO LA BOCA!

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