Personal

DE CUANDO FUI ABUSADO

Supongo que yo fui un niño abusado, pero, afortunadamente, eso no me ha traumatizado en absoluto… aunque tal vez si contribuyera, de forma decisiva, a mi precoz interés por las damas.

Ella debía de tener unos quince o dieciséis años y yo, no más de cuatro o cinco. Se pasaba el día cantando un viejo bolero que decía “Que mala memoria tienes, que mala memoria”, tema que por entonces hacía furor en la radio en la voz del inolvidable Antonio Machín.Trabajaba de sirvienta en casa de mi abuela y me inició en algunos juegos “impúdicos” en la despensa, frente al bernegal. No digo su nombre, porque es demasiado poco usual y la gente podría situarla física y socialmente.

Cuando, llevado por mis pocos años, comenté inocentemente lo que pasaba, la despidieron y se desapareció por un tiempo del pueblo.

Recuerdo que le dije a mi tía Carmensa:

-“Canca, Fulanita tiene pelos en las tetas”…

-“¿Y cómo tú sabes eso, baladrón?”- me preguntó ella riendo.

-“Porque yo se las chupé… y también una noche, en la “sotea” (azotea), me apretó contra ella y me decía que íbamos a tener un hijo… y los niños vienen de París ¿no, Canca?”

Mi tía dejó de sonreír, llamó a mi madre a gritos y se encerraron a hablar. A mí me dejaron fuera. El lunes, cuando la muchacha se presentó fue fulminantemente “botada”.

Pasaron algunos años y “Fulanita” fue empleada en otra casa cercana a la de mi abuela. Ya para entonces yo entonces era un gamberrete de mucho cuidado, más salido que el pico de una plancha, y, cuando me la encontré, de sopetón, al doblar la esquina de Delfinita, recordé de inmediato lo ocurrido entre los dos. Ella agachó la cabeza y apretó con fuerza el cesto de la compra… pero yo acerté a retenerla tomando con determinación el asa de mimbre.

-“¿Qué, “Fulanita”, no me vas a saludar?”

-“Mira, ¡quítateme delante, chiquillaje, que por tu culpa me echaron de casa de tu abuela”…

-“Yo entonces era un jodío mocoso y lo conté sin maldad alguna… ahora soy todo un hombrecito y me sé callar los secretos… ¿sabes?”.

Ella me miró de arriba abajo y medio se sonrió…

-“Bueno, sueltame el cesto que tengo que ir a comprar casa de Encarnacionita”…

A partir de entonces, cada vez que la encontraba la piropeaba o le lanzaba un silbido de admiración. Con el tiempo llegamos hasta a bailar apretaditos en una verbena en San Isidro de Gáldar. No sé a cual de los dos le excitaba más ese frenético contacto, sabiendo como ya sabíamos el uno del cuerpo del otro.

Don Antonio Sueiro, un gallego ultrafranquista que recaló por el pueblo para trabajar en el Registro de la Propiedad, me había dejado la llave de la Sociedad Educación y Descanso para que yo me metiera a guitarrear en su inmenso salón. Un día la cité allí anocheciendo, cuando saliera de la casa en la que ahora servía para ir a la iglesia.

Como sonaron las campanas y no venía, me asomé a la puerta y la vi, indecisa, en la esquina de la calle, delante de la puerta de Pinito la de Juan el Grande. Me acerqué y, aprovechando que se había ido la luz, le di un intenso achuchón y la convencí, no sin esfuerzo, para que me acompañara hasta la Sociedad.

No crean que pasó de TODO. Solo les diré que ya no tenía pelitos en las areolas de sus prominentes pechos y que sus besos, rústicos y mojados, aún andan dando vueltas entre los mejores recuerdos sensuales de mi boca.

La segunda vez que nos vimos me dijo que se iba a casar y que aquel iba a ser nuestro último encuentro. Y así fue: jamás volví a saber de ella.

Supongo que “tecnicamente”, con un rígido código penal en las manos, yo fui un niño abusado, pero jamás me he sentido así. Al contrario, guardo un gratísimo recuerdo de las dos etapas de mi relación con aquella ardorosa muchacha.

Por supuesto, eso no quiere decir que no condene de forma inequívoca a todos los que valiéndose de su edad o rango someten a niños inocentes. En éste sentido, la ONU acaba de denunciar, sin paliativos, a la Iglesia de Francisco como una institución que protege a sus pederastas… ahora la pelota está en el tejado del Papa Che, y tengo la esperanza de que actuará con esa misma firmeza y convicción de las que ya ha dado sobradas muestras.

En cuanto a mi “abusadora”, decirle que borró su pecado, su tímido o leve acoso sexual, con las dos citas que luego me concedió cuando yo andaba ya en la quincena…

6 DE FEBRERO DE 2014

Nuevas Fotos Septiembre 2013

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MI SEGUNDA PRIMERA COMUNIÓN

Yo fui uno de los últimos de mi muchachada en hacer lo que heréticamente llamábamos por entonces “La Primera Comunión”. Debía de andar entre los quince y los dieciséis años, o sea, que ya hacía como unos ocho que había recibido- vestidito de gris, con un breviario con tapas de imitación de nácar y un rosario enredado en las enguantadas manos- mi “PRIMERA” PRIMERA COMUNIÓN- me refiero a la de verdad: a la de don Bruno y Don Fernando (los curas Quintana)-.

¿Y entonces… si ya la había hecho a los ocho, por qué repetirla a los 16…? Bueno, todo tiene su explicación: en la primera – después de pasar por la preceptiva catequesis- yo recibí el sacramento de la Eucaristía; y en la segunda- sin cursillo de orientación, sin “catequesis” previa- lo que recibí fue mi bautizo sexual completo… Así de irreverentes éramos por entonces en aquel noroeste agreste y cerril… ¡mira que llamar de esa manera a una “puesta de largo” en tan pecaminosas lides!

Tuve que vender mi mejor “casar” de palomas ladronas para conseguir los 8 duros- cuarenta pesetas de las de entonces- que me costó mi primer encame con una “dama”, porque, aunque ya había tenido algunos balbuceantes escarceos, jamás había” coronado”… Todas las pibitas con las que había estado, llegado el momento de los toqueteos, te decían muy solemnes:

– “Del ombligo pa´rriba lo que tú quieras, pero del ombligo pa´bajo ni se te ocurra, lo guardo para el día que me case… ¿oíste?”.

Aunque nunca he sido muy meapilas, confieso que, mientras me acercaba al lugar donde se iba a consumar mi iniciación, me debatía entre el miedo a condenarme para siempre, de arder en las calderas de Pedro Botero por una “ETERNIDAD”- ese era un concepto que por entonces me aterraba, porque no eran 50 años, ni 1250, ni siquiera 6660… estábamos hablando de la jodida E T E R N I D A D- y el deseo natural de conocer hembra; de folgar; de yacer …

Los curas, que, al calor de la favorable posguerra, anatemizaban desde los púlpitos sobre todo lo que significase trasgresión de los rígidos mandamientos de la Iglesia de Roma, le metían a uno el miedo en el cuerpo, pero al final pudo más la sabia naturaleza, el alboroto hormonal y, sobre todo, la curiosidad. Así que, con Roberto Santiago (Gobeto el de Esteban) y Roberto Ayala (el segundo de ”los tres locos de Don Rafael”) como padrinos, una noche cualquiera de aquellos tiempos de opresivo oscurantismo, me desvirgaron en el Barranquillo de Gáldar.

Mi introductora en la cosa del ayuntamiento carnal, fue una tal Margarita, apodada- vaya usted a saber por qué- “La Yegua Blanca”. A esta señora probablemente tenga yo que agradecerle el no sufrir ninguno de esos trauma que se originan en los desflores poco placenteros. Fue tan gentil, tan comprensiva y cariñosa, que salí de su catre con la impresión de que había pasado el examen con nota alta, y eso, a tan tierna edad, sirve de mucho para la cosa de la autoestima.

La cueva donde ocurrieron los hechos estaba “albiada” – que no es lo mismo que albeada o enjalbegada, que dicen por el Continente- y sus toscas paredes aparecían llenas de imágenes de santos y fotos coloreadas a mano. Sobre el cabecero de la cama, sin ir más lejos, había un cuadro de Jesús con los brazos abiertos con su corazón en relieve, extracorpóreo y sangrante, ante el que tuve que cerrar los ojos para poder iniciar mi debut.

Previamente, Margarita, mientras se desnudaba, me preguntó que si era mi primera vez, a lo que yo asentí algo avergonzado; después quiso saber si era “caballero cubierto”… y al ver mi cara de estupor al no entender qué me preguntaba, se alongó a través de la cama hasta coger un cabo de vela que titilaba débilmente sobre una de las cajas de Fundador Domecq que le servían de mesitas de noche, y se dispuso a comprobarlo por ella misma. Estuvo lo que me pareció una eternidad hurgando en mi zona pudenda y luego, con una satisfecha sonrisa en su boca pintarrajeada, se tendió y me hizo señas para que me acercara a su cuerpo blanquecino y fláccido.

Después del rápido “bautizo”, Margarita tomó un caldero desconchado, vertió agua en una palangana y procedió a lavarme cuidadosamente. Luego, de un montoncito apilado en una de las “mesitas de noche”, cogió un pañito de “toballa”, de aquellos que usaban las féminas cuando aún no habían llegado las compresas y los tampaxs,.y me secó con el mismo esmero conque me había lavado.

Una vez vestido, se asomó a la puerta de la cueva- descalza, en “combinación” o zagalejo y con una pañoleta por los hombros- para asegurarse de que no hubieran moros en la costa, y, dándome una nalgadita, me dijo

-”Vuelve cuando quieras, mi niño”

mientras me franqueaba la salida a la fresca noche y al mundo de lo que los curas llamaban crápulas.

Esa primera visita a una casa “de lenocinio y perdición” –como decían los predicadores que venían desde fuera a despertar las conciencias dormidas de los del pueblo- tuvo algunas consecuencias: alguien le fue con el cuento a mi madre y esta le pidió a mi padre que “me sentara” y me hablara “seriamente”.

Ya yo los había oído cuchichear en la habitación de al lado, así que cuando mi padre se inclinó sobre mi cama, ya sabía de que iba la cosa y, previendo lo peor, me hice el dormido. El viejo me sacudió suavemente y cuando “desperté”, me preguntó mirándome inquisitivamente a los ojos:

-“¿Dónde estuviste el domingo por la noche?”…

-“Fui al cine Guayres a ver una película de Cantinflas”- le respondí-…

-¿Y cómo volviste de Gáldar a Guía, caminando?…

-“Sí, caminando”…

-“¿Por la carretera o por el barranco?”…

-“Por el barranco”- le respondí con un hilo de voz-… (SILENCIO)…

“¿Y pasaste por el Barranquillo…?”

No me atreví a contestar a esa pregunta, me limité a asentir levemente con la cabeza… (SILENCIO MÁS LARGO)…

-“¿Y te “ocupaste”…?”… -me preguntó Antoñito el del Molino, intensificando la mirada escrutadora que tenía puesta sobre mis desorbitados ojos-. Yo me limité a repetir el mudo asentimiento…

-“¿Y con quién te ocupaste, si se puede saber…?”…

-“Con una que se llama Margarita”- le dije esperando el guantazo en cualquier momento- …

-“¿Con la Yegua Blanca?- indagó incrédulo mi padre- y al yo asentir otra vez con la cabeza, exclamó:

-“Pero coño, si esa tiene más años que Matusalén… si puede ser tu abuela, carajo… Bueno mira: tu madre está muy preocupada, porque no sé si sabes que puedes coger un montón de enfermedades en esos sitios, así que la próxima vez, si me entero que has estado putiando, vamos a tener un problema… estás muy joven tú como para que te me conviertas en un putañero… ¿estamos?”… ( SILENCIO)

– “Ah, – me dijo mientras abría la puerta del cuarto, sin volverse- si te sientes picores o cualquier cosa “por ahí debajo” me lo dices, ¿eh?… para llevarte corriendo a casa de Don Ramón el médico pa´ que éste te mande a casa Chanito el Practicante pa´ que te inyecte unos cuantas unidades de antibióticos”…

esto último lo dijo con sorna, sabiendo que a mí me horrorizaban las jodías inyecciones.

Y eso fue TODO.

Siempre he tenido la impresión de que mi padre me lanzó esta suave amenaza porque mi vieja lo estaba oyendo todo desde la otra habitación, porque ni su semblante ni su voz mostraban cólera… creo que hasta, en el fondo, se alegró de mi iniciación, de mi desembarco en el mundo de los machitos.

Ha dicho





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