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V E N U S DE M A R M O L

Si sólo me das tu cuerpo
no me interersa.

Si te guardas
lo que tu alma destila,
gota a gota,
hasta formar el turbulento río
de tus sentimientos,
no me interesa.

Un cuerpo
se puede comprar
en cualquier esquina:
es la más vieja
de las transacciones;
el más triste
“tanto x cuanto”;
el toma y daca
de los desheredados
del amor;
el trueque nauseabundo
de lujurias x dinero…
y, que yo sepa,
tú nunca te has vendido
por nada…

Así que, preciosa,
iremos a cenar
y luego,
al baile que predispone,
tal vez, incluso,
puede que corra el champán,
para ayudar a encender
la sinuosa llama
del deseo,

pero, si en esos ojos
que me atormentan,
no acabo de ver
la luz que todo lo ilumina;
y, si en tu pecho
no siento el galope desbocado
de un corazón sincero,
ya no volveré a intentarlo…

Eres bella como pocas,
pero resulta
que ando en busca
de una mujer
de carne y hueso,
no de una Venus
de mármol de Carrara.

PALABRAS MAYORES

Cuando dices que me amas,

no te creo…
y no porque piense que mientes
deliberadamente,
sino porque sé
que tú confundes
el cariño y la pasión
con el amor.

El tiempo
nos ha hecho cómplices
ante la gente.
Somos dos náufragos
asidos a los restos
de un mismo naufragio
en medio del oleaje,
del embate rudo
de la marea,

pero lo que tú y yo
escenificamos, día a día,
en el teatro de la vida
nada tiene que ver
con ese maravilloso sentimiento…

Puedes llamarlo costumbre
puedes llamarlo miedo,
puedes llamarlo, incluso, ilusión…
pero jamás, jamás de los jamases,
se te ocurra
llamarlo amor…
que ESO SON PALABRAS MAYORES.

5 de febrero de 2014

DE CUANDO FUI ABUSADO

Supongo que yo fui un niño abusado, pero, afortunadamente, eso no me ha traumatizado en absoluto… aunque tal vez si contribuyera, de forma decisiva, a mi precoz interés por las damas.

Ella debía de tener unos quince o dieciséis años y yo, no más de cuatro o cinco. Se pasaba el día cantando un viejo bolero que decía “Que mala memoria tienes, que mala memoria”, tema que por entonces hacía furor en la radio en la voz del inolvidable Antonio Machín.Trabajaba de sirvienta en casa de mi abuela y me inició en algunos juegos “impúdicos” en la despensa, frente al bernegal. No digo su nombre, porque es demasiado poco usual y la gente podría situarla física y socialmente.

Cuando, llevado por mis pocos años, comenté inocentemente lo que pasaba, la despidieron y se desapareció por un tiempo del pueblo.

Recuerdo que le dije a mi tía Carmensa:

-“Canca, Fulanita tiene pelos en las tetas”…

-“¿Y cómo tú sabes eso, baladrón?”- me preguntó ella riendo.

-“Porque yo se las chupé… y también una noche, en la “sotea” (azotea), me apretó contra ella y me decía que íbamos a tener un hijo… y los niños vienen de París ¿no, Canca?”

Mi tía dejó de sonreír, llamó a mi madre a gritos y se encerraron a hablar. A mí me dejaron fuera. El lunes, cuando la muchacha se presentó fue fulminantemente “botada”.

Pasaron algunos años y “Fulanita” fue empleada en otra casa cercana a la de mi abuela. Ya para entonces yo entonces era un gamberrete de mucho cuidado, más salido que el pico de una plancha, y, cuando me la encontré, de sopetón, al doblar la esquina de Delfinita, recordé de inmediato lo ocurrido entre los dos. Ella agachó la cabeza y apretó con fuerza el cesto de la compra… pero yo acerté a retenerla tomando con determinación el asa de mimbre.

-“¿Qué, “Fulanita”, no me vas a saludar?”

-“Mira, ¡quítateme delante, chiquillaje, que por tu culpa me echaron de casa de tu abuela”…

-“Yo entonces era un jodío mocoso y lo conté sin maldad alguna… ahora soy todo un hombrecito y me sé callar los secretos… ¿sabes?”.

Ella me miró de arriba abajo y medio se sonrió…

-“Bueno, sueltame el cesto que tengo que ir a comprar casa de Encarnacionita”…

A partir de entonces, cada vez que la encontraba la piropeaba o le lanzaba un silbido de admiración. Con el tiempo llegamos hasta a bailar apretaditos en una verbena en San Isidro de Gáldar. No sé a cual de los dos le excitaba más ese frenético contacto, sabiendo como ya sabíamos el uno del cuerpo del otro.

Don Antonio Sueiro, un gallego ultrafranquista que recaló por el pueblo para trabajar en el Registro de la Propiedad, me había dejado la llave de la Sociedad Educación y Descanso para que yo me metiera a guitarrear en su inmenso salón. Un día la cité allí anocheciendo, cuando saliera, para ir a la iglesia, de la casa en la que ahora servía.

Como sonaron las campanas y no venía, me asomé a la puerta y la vi, indecisa, en la esquina de la calle, delante de la puerta de Pinito la de Juan el Grande. Me acerqué y, aprovechando que se había ido la luz, le di un intenso achuchón y la convencí, no sin esfuerzo, para que me acompañara hasta la Sociedad.

No crean que pasó de TODO. Solo les diré que ya no tenía pelitos en las areolas de sus prominentes pechos y que sus besos, rústicos y mojados, aún andan dando vueltas entre los mejores recuerdos sensuales de mi boca.

La segunda vez que nos vimos me dijo que se iba a casar y que aquel iba a ser nuestro último encuentro. Y así fue: jamás volví a saber de ella.

Supongo que “tecnicamente”, con un rígido código penal en las manos, yo fui un niño abusado, pero jamás me he sentido así. Al contrario, guardo un gratísimo recuerdo de las dos etapas de mi relación con aquella ardorosa muchacha.

Por supuesto, eso no quiere decir que no condene de forma inequívoca a todos los que valiéndose de su edad o rango someten a niños inocentes. En éste sentido, la ONU acaba de denunciar, sin paliativos, a la Iglesia de Francisco como una institución que protege a sus pederastas… ahora la pelota está en el tejado del Papa Che, y tengo la esperanza de que actuará con esa misma firmeza y convicción de las que ya ha dado sobradas muestras.

En cuanto a mi “abusadora”, decirle que borró su pecado, su tímido o leve acoso sexual, con las dos citas que luego me concedió cuando yo andaba ya en la quincena…

6 DE FEBRERO DE 2014





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